No hace falta aclarar que no soy un “nativo digital”, no crecí entre computadoras, celulares y otros dispositivos que hoy facilitan nuestra vida. Con este condicionamiento confieso que me cuesta entender y aceptar los cambios operados en el tema de la privacidad de las personas en los nuevos medios de comunicación. Pero de nada sirve esta postura, la tecnología está aquí para quedarse, las redes sociales no son una moda pasajera, y nuestros niños y jóvenes tienen otra forma de ver la vida. En consecuencia, nuestra tarea como mayores, sea en el lugar de padres, educadores, o funcionarios encargados de aplicar la ley, es tratar de entender este verdadero cambio de paradigma en cuanto al valor asignado socialmente a la privacidad, y acompañar y guiar a los más pequeños en este aprendizaje, que tendrá probablemente los mismos valores que hace 40 o 50 años, pero que sin duda se desarrollará bajo otro formato.
En los últimos tiempos venimos asistiendo a una larga lista de revelaciones de distintos temas que podíamos considerar privados, desde un punto de vista personal o político y social. Por nombrar sólo los más resonados aparecen las filtraciones de cables intercambiados por diplomáticos norteamericanos, obtenidas por el sitio WikiLeaks, y publicadas por importantes diarios como The New York Times, o El País de España, o el escándalo desatado en Inglaterra por las escuchas telefónicas ilegales de News of the World, propiedad del millonario Rupert Murdoch, que tiene en jaque a su gobierno. Como cuestiones más cercanas a nosotros, podemos contar desde los correos electrónicos difundidos por el sitio Leakymails, atribuidos a altos funcionarios del Poder Ejecutivo, jueces, diplomáticos, políticos y periodistas de nuestro país, hasta, salvando todas las distancias, y pasando a un plano estrictamente personal, las fotos íntimas de los actores Juana Viale y Gonzalo Valenzuela, que circulan por Internet a partir de haber sido almacenadas en un teléfono celular que salió de su poder en circunstancias que se investigan.
Este listado es más o menos arbitrario ya que sabemos que existen otros muchos supuestos en los que se obtiene ilegalmente en forma electrónica datos personales privados, como las claves bancarias de los usuarios que se transforman en víctimas de estafas, o se accede en forma indebida a los correos electrónicos, por ejemplo, de periodistas, como una forma de amedrentarlos en su trabajo. Estos casos se están repitiendo cada vez con mayor frecuencia en los tribunales y merecen nuestra atención; no obstante, quiero referirme en este análisis a los riesgos que las nuevas tecnologías aparejan a la privacidad de las personas, y en especial a la forma en que los usuarios contribuyen a que ello pueda ocurrir.
Los ejemplos rápidamente expuestos demuestran la existencia de distintas implicancias a nivel de la privacidad, y en varios planos que merecen ser tratados. Para no extender indebidamente esta reflexión (y tampoco desnaturalizarla) dejaré de lado los ataques dirigidos a los políticos, sean de dónde sean, no sin antes señalar, aunque más no sea, que si anduvieran por el mundo privado y político con umbrales más altos de apego a la ley, no serían tan buscadas e “interesantes” las filtraciones de sus actos.
Volviendo al eje del análisis, vemos que se produce la paradoja de que el propio avance tecnológico hace más vulnerables las herramientas que va desarrollando, generando en los usuarios –o al menos en aquéllos que reparan en esta cuestión- la sensación de que ningún medio de comunicación es lo suficientemente seguro como para confiar su intimidad.
Como expuse al inicio, al mismo tiempo y como una forma de retroalimentar este proceso, la gente va perdiendo interés en su privacidad y se expone cada vez más, principalmente a través de las redes sociales. Este fenómeno no es patrimonio exclusivo de los más jóvenes como podría pensarse, ya que muchas denuncias de delitos cometidos, por ejemplo en Facebook, son formuladas por mayores de edad (sobre la cuestión remito a mi columna “Derecho al olvido (Think B4 U post)”, publicada en el Nº 69 de la revista).
Nunca serán muchas las veces que repitamos las recomendaciones acerca de las prevenciones que debemos adoptar al hacer uso de las magníficas herramientas que la tecnología pone a nuestro alcance. En especial las referidas a los menores, que constituyen el universo más vulnerable. Resultan alarmantes las últimas estadísticas conocidas en cuanto a que más del 60% de los adolescentes navegan en la red sin control de una persona mayor, y que más del 50% de los menores declaran haber conocido personalmente a algunos de sus nuevos amigos de las redes sociales.
Podemos entender que los conceptos de privacidad o pudor de los chicos de esta época no es el mismo que manejábamos nosotros a su edad (no más de 20 o 30 años atrás), y que no ven ningún problema en contar detalles privados de sus vidas o subir a Internet imágenes íntimas que ellos mismos toman (tal es así que se ha acuñado la palabra sexting para referirse al envío de imágenes de contenido sexual a través de celulares).
Pero siguen siendo chicos y debemos explicarles la existencia de valores y la necesidad de cuidarse, y de que todo lo que suban a la red permanecerá allí para siempre, aunque esta tendencia a la exhibición algún día se revierta.


